domingo, 19 de junio de 2016

Características de un buen colegio: Claves para reflexionar acerca de un centro educativo

Cuando una sociedad cambia, también han de hacerlo sus herramientas y es por ello que la educación ha venido evolucionando de acuerdo al desarrollo y progresión de la sociedad. La necesidad de una educación moderna e integradora viene fomentando una mirada más sensible por parte de los padres en cuanto a la elección de un centro educativo para sus hijos. Aun así en nuestra experiencia, las dudas en cuanto a la adecuación del colegio empiezan a aparecer cuando los problemas académicos o relacionales de los hijos comienzan a surgir.



¿Qué sucede con la motivación de los niños y adolescentes de hoy en día? ¿Por qué hablamos más de bullying, de deserciones escolares, de abusos de sustancias y de falta de entusiasmo frente al estudio? Parece que hay un número creciente de estudiantes desmotivados a los que se les tiene que animar y orientar hacia el estudio de manera constante en un sistema agotador de premios y castigos. Los niños y adolescentes del mundo actual se mueven con los cambios del mundo actual, sin embargo, parece que los centros educativos, como su principal contexto de referencia, no acompasan sus estrategias y herramientas a dichos cambios.

Las definiciones de propósito y calidad en cuanto a un centro educativo, sin duda han de ser revisadas de manera continua, no sólo cuando los conflictos del estudiante se agudizan o se hacen visibles. ¿Qué debe hacer un colegio? ¿Qué debe ser? ¿Cómo podemos distinguir un buen colegio de uno poco nutricio para los niños y adolescentes?.

Las escuelas son piezas de un sistema mucho más amplio, son parte de un sistema extenso de interrelaciones humanas y de relaciones, a su vez, con el entorno en el que se desarrollan. En los sistemas, cuando una cosa cambia, todo el sistema también lo hace (en mayor o menor grado, de forma más o menos visible). Asimismo, cuando una parte del sistema se resiste al cambio, todo el sistema se resiente y va perdiendo capacidad de desarrollo.

Terry Heick habla de la tecnología como un ejemplo de cambio sistémico: “Los cambios tecnológicos tienen un impacto sobre las cosas que queremos y necesitamos. A su vez, a medida que van cambiando nuestros deseos y necesidades, en la medida en la que vamos deseando cosas nuevas, la tecnología cambia a su vez para intentar proveerlas”. De forma similar ocurre en la educación, un ejemplo de ello son las necesidades y herramientas actuales y su relación con la educación tradicional. Cada vez es más evidente y necesaria la incorporación en las aulas de herramientas digitales, estrategias de la era de la colaboración, actividades que fomenten la creatividad, metodologías nuevas (como el design thinking, aplicaciones digitales…). Sin embargo, dicha integración parece forzar su vía de entrada al contexto escolar en disputa –a nuestro parecer, innecesaria- con herramientas y procedimientos más tradicionales, que se esfuerzan en frenar los cambios y mantener las cosas “tal y como eran originalmente”.

El panorama que se nos presenta, nos induce por tanto a una nueva reflexión: Quizá no se trata –únicamente- de una desmotivación intrínseca de los niños y adolescentes de hoy en día, sino más bien, de que estos, “hijos de su época”, nos están exigiendo nuevas aproximaciones ante necesidades cambiantes. De forma similar a lo que ocurre con la tecnología, sus nuevas necesidades exigen nuevas respuestas y enfoques para atenderlas, y el propósito del que parte un centro educativo no puede sino menos que considerarlas o intentar darles respuesta.

¿Qué deben enseñar los colegios y cómo? ¿Cómo saber que estamos consiguiendo cambios adaptativos positivos en nuestros colegios? Estas son preguntas de importancia fundamental. Para responder a ello, es necesario que pensemos en lo que nuestros estudiantes necesitan y deberían saber para, a partir de allí, averiguar cómo podemos hacer uso de las herramientas que tenemos para proporcionar ese aprendizaje.

Foto: Bernardo Pérez
Como señala Heick, es necesario que revisemos, reflexionemos y refinemos las vías a través de las que los colegios son diseñados, así como qué están aprendiendo los estudiantes a partir de ello. La educación, como sistema, ha de remodelarse a sí misma de forma que no aísle a los estudiantes, sino que incorpore los nuevos modelos de enseñanza que, de alguna u otra forma, están pidiendo. Para considerar la eficacia y bondades de un determinado programa académico es necesario atender cómo este sintoniza con las demandas relevantes actuales de conocimiento y las necesidades de los estudiantes de cara al futuro.

Quizá no deberíamos cuestionar exclusivamente al niño y su desmotivación antes de preguntarnos reflexiva y sinceramente si tiene sentido que los estudiantes sigan siendo atiborrados de contenidos, muchos de los cuales nada tienen que ver con el mundo en el que viven o la forma en la que enfocan el futuro. Quizá debamos recordar más a menudo, que el gran propósito de la enseñanza es “hacer pensar” y actualmente con el ritmo vertiginoso de cada trimestre, estamos brindando poco espacio para ello. Lo cierto es que los estudiantes quieren aprender y quieren pensar. Nos lo demuestran cada día, aunque de formas no siempre positivas.  Gran parte de la desmotivación de los niños que acuden a nuestras sesiones tiene que ver con la forma en la que sienten anuladas sus propias ideas y pensamientos, al ser obligados a dar una respuesta unívoca (“la que el profe quiere”, “tal y como lo dice el libro”) por la que, además, son calificados con una arbitrariedad que difícilmente se puede disputar.

Es curioso cómo estos “estudiantes desmotivados” de repente “despiertan” y le dedican tiempo y energía –con pasión y entusiasmo- a mini-proyectos escolares, dramatizaciones, experimentos y presentaciones. Creemos que esto, más allá de ser una “pequeña luz que se enciende” en ellos,  es su forma de decirnos, qué les motiva, qué les moviliza, cómo quieren aprender, a la vez que nos dicen que sí quieren hacerlo, pero quizá no de la forma en la venimos forzando la enseñanza.

Con todo lo anterior en mente, hemos reflexionado acerca de algunas claves que nos permiten detectar un contexto educativo más contenedor y motivador… Algunos de los elementos que pueden hacer de un centro educativo “un buen colegio” son:

1. Enfoque en el pensamiento, más que en el contenido. Actualmente los programas educativos siguen la ley y para crear cambios paulatinos hemos de trabajar a partir de ello, siempre hacia la mejora y no desde la oposición reactiva. Aun así, lo humano hace la diferencia. Para saber si el colegio cumple con esta característica, intenta conocer de antemano los métodos de enseñanza de los que se vale y asegúrate de que, aunque se siga un currículo académico establecido, el foco tanto del centro como del profesor de tu hijo, no sea únicamente qué aprende, sino cómo piensa y cómo aprende.

Foto: Robert Janhs
2. Tolerancia ante la divergencia. Cuando hablamos de divergencia, no nos referimos únicamente a la diversidad de género, raza o creencias. Nos referimos también al pensamiento divergente, a la necesidad del estudiante de disentir cuando lo considera necesario, para poder fortalecer un criterio propio en relación con adultos, respetando al mismo tiempo su propia identidad. Muchos colegios, a pesar de que integran distintas culturas y formas de entender el mundo, no se preocupan realmente por la inclusión de sus estudiantes. Para valorar el centro educativo, fíjate en cómo este maneja las diferencias y lo divergente (niños con dificultades, casos de bajo rendimiento, acogida de estudiantes foráneos, dudas de los padres, revisiones de exámenes…). La forma en la que el centro gestiona este tipo de cuestiones, brinda información acerca de cómo se gestiona a nivel global. El colegio ha ser un contexto que fortalezca identidades sanas y por ello ha de saber respetar la identidad del alumno y ser tolerante con lo divergente (formas de pensar diferentes, diversidad cultural y de género, respeto por la velocidad de aprendizaje y aptitudes individuales) de manera que cada niño pueda dar lo mejor de sí a partir de un marco de seguridad y aceptación, sin riesgo a que por ello sea penalizado o aislado.

3. Manejo de los problemas y situaciones. Muchos colegios para promocionarse o hacerse notar, hablan de la potencia de su enseñanza en las materias –llamadas- troncales, de las alternativas en cuanto a idiomas o del éxito de su enfoque en base a resultados y medias de años anteriores. Sin embargo, una excelente clave para saber si se trata de un entorno verdaderamente nutricio, es conocer cómo manejan problemáticas actuales como el bullying, el consumo de sustancias o el bajo rendimiento. Para conocer el centro educativo, infórmate acerca de las estrategias de las que se valen para manejar estas problemáticas, así como los recursos que ponen a disposición del alumnado y de la comunidad de educadores y padres para prevenirlas, afrontarlas y superarlas. Aunque tu hijo no esté inmerso directamente en alguna o ninguna de estas situaciones, puede que alguno de sus pares sí y el hecho de que el centro educativo en el que se relaciona y aprende para la vida sepa cómo hacerles frente, funciona como elemento protector y socializador para uno y todos los estudiantes.

Foto: Rungroj Yongrit
4. Enfoque en las capacidades de los estudiantes. Un buen centro educativo se preocupa por comprender y enriquecer las capacidades y aptitudes de los estudiantes en su marco individual. Las clases no deben ser un escenario de “categorización” de los alumnos, sino un espacio de diversidad, que acoge las diferencias individuales y de aprendizaje. Cuando las políticas de un centro educativo etiquetan a los estudiantes y exigen su acomodación al método de enseñanza, dicho centro educativo está fallando en el que debería ser su propósito principal. Aunque hay leyes y métodos que parecen inamovibles, el grado de comprensión e integración de las diferencias y necesidades individuales puede hacerse palpable en el tipo de deberes y proyectos de las clases, oportunidades variadas de enseñanza, y en general, en relaciones humanas sensibles ante estas diferencias. Si al estudiante se le dice desde el principio hasta dónde puede llegar, etiquetándolo o categorizándolo, no solo se limita su potencial, sino además se alimenta con ello la desmotivación y el aislamiento.

5. Perspectiva en cuanto a la tecnología. Quizá el centro educativo no cuenta con instalaciones o recursos tecnológicos de vanguardia, sin embargo la perspectiva y motivación hacia la tecnología ha de incorporarse de una u otra forma en la enseñanza, y el colegio debe ser consciente de ello. Intenta conocer de antemano qué sugerencias y tareas contempla el colegio que puedan permitir la integración de la tecnología y la actualidad (en proyectos de asignaturas, trabajo en equipo, presentaciones de alguna lección), de manera que el estudiante pueda aprender valiéndose de herramientas novedosas con las que se siente motivado y más cercano.

6. Conexión con la comunidad a la que pertenece. Un buen colegio intenta mejorar la comunidad a la que pertenece, a la vez que permite a los estudiantes conocer más allá de los espacios del centro educativo. Esto puede verse a través de las actividades que realiza para y con la comunidad, los talleres y charlas que convoca –y si lo hace-, las visitas y excursiones que programa, así como todas las actividades que incentiven la conexión de los estudiantes con su comunidad y con el mundo.

7. Capacidad crítica. Un buen colegio se re-evalúa a sí mismo en consonancia con los cambios que se van sucediendo y las necesidades de los estudiantes en el mundo actual. La capacidad de autoevaluación se ve en la forma en la que reconoce sus errores, acoge las necesidades y preocupaciones de padres y estudiantes, y busca dar respuestas a éstas. Asimismo, un buen colegio es capaz, como sistema, de proporcionar opciones a los problemas, incluso cuando dichas respuestas impliquen una acción externa a la institución (búsqueda de asesoramiento psicológico, apoyo personalizado, derivación a otros centros o profesionales…).

Cuando reflexionamos acerca de las bondades y puntos de mejora de nuestros centros educativos, dentro del marco de posibilidad real de cambio, nos hacemos agentes activos de dicho cambio. Vivimos en un mundo con cada vez más retos, muchos de ellos nuevos para nosotros (no en vano se habla de la brecha generacional tan evidente en los tiempos actuales). Como parte del sistema podemos contribuir a movilizar desarrollos que acompasen las exigencias actuales y que puedan proporcionarle a nuestros estudiantes, no solo un bagaje necesario de conocimientos, sino herramientas para acceder a ellos, transformarlos y trabajar de cara a un futuro.

Artículo de Kreadis con información de: