lunes, 10 de julio de 2017

Cambios en primera persona para ayudar a nuestros hijos

Hay una cita que nos gusta especialmente que dice: 

“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo”. Aldoux Huxley.

Cuando hay algo que no nos gusta, solemos tener cierta tendencia a querer cambiarlo. Lo curioso de este tema es que suele ocurrir cuando los cambios se refieren a temas externos, cuando hay que cambiar una situación, a una persona, una actitud de alguien, que no somos nosotros… Esto incluso queda bien patente en la semántica que utilizamos, es decir, en la forma en la nos expresamos al respecto. “no sé cómo se las apaña para fastidiarnos la cena todos los días”, “Hoy ya vengo de mal humor, no había forma de hacer que Dani se vistiese, siempre le pasa lo mismo …”, “Me pusieron una multa, no entiendo mi mala suerte”, “no consigo el ascenso en el trabajo, me tienen manía”. Aun pudiendo ser verdad todo esto, lo cierto es que, exteriorizando el problema, poco podremos hacer para que las cosas cambien.

Lo mismo suele ocurrir en lo relacionado con nuestros hijos. Una cosa es educarles para que sepan comportarse dentro de lo que conocemos como la “norma social” imperante en la sociedad en la que vivimos y otra es querer cambiar aquello que no nos gusta de ellos, porque de alguna u otra forma no nos encaja con el “modelo” de hijo que nos gustaría tener.

Una pequeña reflexión en este sentido, quizás nos ayude a preguntarnos si una determinada manera de funcionar que nos resultó útil en cierto momento, puede ser igualmente útil para ellos o en otros contextos o situaciones que, aun considerándolas similares, pueden no serlo. Además, si el modelo que estamos siendo para ellos es que no reflexionamos en primera persona, difícilmente lo aprenderán a hacer ellos.

Si nuestra intención y deseo es criar niños con fortaleza de carácter, no hay que concentrar toda nuestra energía en cambiar el mundo que nos rodea, sino más bien comenzar por cambiar lo que hacemos en el mundo y con ellos.

También conviene ser conscientes de que saber lo que se tiene que hacer no es lo mismo que saber cómo hacerlo.

Es muy habitual encontrar padres en consulta que conocen muy bien la teoría de lo que debería hacerse para educar a sus hijos de manera saludable, pero que suelen tener dificultades a la hora de ponerlo en práctica y esto les genera inquietud: "¿Cómo es posible que sabiendo lo que hay que hacer, no sepa cómo hacerlo? ¿en qué estamos fallando?"

Para conseguir una maestría en cualquier área, la práctica es la clave, las horas dedicadas irán conformando el buen hacer y esta apreciación no escapa a cambios de conductas, hábitos y aspectos que queramos modificar de cómo hacemos normalmente las cosas. También es cierto que la urgencia y necesidad de un cambio inmediato se imponen en momentos de desesperanza y se espera que los cambios ocurran de manera rápida y casi milagrosa.

La clave: ser conscientes del modelo que estamos siendo para nuestros hijos, realizar avances progresivos, paso a paso, con paciencia y perseverancia, con un enfoque a largo plazo pero sin descuidar el corto.

Quizás unas sencillas claves sobre el proceso que se suele dar en estos casos ayudarán a tomar conciencia sobre el proceso de cambio y a poderlo llevar a cabo con éxito.

1.    Identificar el aspecto que no nos gusta y queremos modificar. Por ejemplo: “Mi jefe me tiene manía”. No podemos cambiar a nuestro jefe, a menos que hagamos cambios nosotros mismos que puedan hacer que cambie nuestro entorno.

2.    Pensar las estrategias que permitan el cambio. Siguiendo con el ejemplo anterior, mejorar la relación o la comunicación que tenemos con él, dar más visibilidad a nuestro trabajo para que lo pueda apreciar, hacer algún cambio en cómo realizamos el trabajo, etc…

3.    Identificar situaciones en las que se podrían poner en práctica las estrategias que hemos pensado. Por ejemplo, tomarnos un café con él, solicitar una reunión para identificar qué aspectos considera que podríamos cambiar para que mejore su percepción, etc…

4.   Una vez ocurrida la situación, analizar en qué momento hemos sido conscientes de ello y de qué manera. Por ejemplo, si nos hemos dado cuenta de que cuando el jefe llega cada mañana a la oficina, saluda a todo el mundo y pasa de largo sin saludarme. ¿qué puede estar ocurriendo? ¿será porque le caigo mal? ¿será porque yo no saludo? ¿será que no saludo porque me pongo a trabajar activamente para demostrar lo cargado/a de trabajo que estoy? ¿Me quedo pensando buscando posibles soluciones o cambios? ¿Analizo cuál es mi lenguaje corporal para ver si estoy siendo receptiva/o a su saludo? ¿Decido saludar a ver qué pasa?

Este proceso de reflexión suele provocar decisiones de cambio y es probable que ocurra que, una vez tomada la decisión de efectuar un cambio en nuestro comportamiento o actitud, el hábito suele imponerse a la estrategia a adoptar, al menos al principio.

Vamos a ver dos ejemplos que pueden clarificar cómo suele ocurrir este proceso.

En el caso del ejemplo anterior, es posible que la estrategia que hemos decidido adoptar en relación con el jefe haya sido la de saludarle al llegar a la oficina. Puede que, aun teniendo la intención de hacerlo en el momento en el que llegue, no seamos capaces de hacerlo a la primera de cambio. De hecho, nos suele pasar que nos damos cuenta después y pensemos: “ya teníamos que haberle saludado y no ahora que ya está sentado en su despacho”.

Veamos otro ejemplo que ya vimos en un post anterior: la familia de Paco:

“La familia de Paco está sentada a la mesa cenando, después de un largo día de trabajo, colegio y actividades extraescolares. Todos están cansados y con ganas de relajarse o irse a la cama. En un descuido Paco derrama el vaso de agua por la mesa y su padre salta diciéndole: "Pero Paco, ¿es que no hay un solo día en el que podamos cenar tranquilos?, ¿qué narices te pasa? ¿es que te levantas pensando en cómo puedes fastidiar el día a tu padre? No sé qué haces para conseguir sacarme de quicio. Eres un desastre, me tienes harto. ¿cuántas veces te hemos dicho que tengas cuidado en la mesa? Cada día te pasa lo mismo, no puedo contigo y lo peor es que no aprendes, te da igual. Ya has conseguido darnos la noche a todos. ¡Vete a tu cuarto inmediatamente y a ver si de una vez eres capaz de pensar en cambiar algo y hacer las cosas bien de una vez!”

El resto de la familia se queda cenando en silencio y el padre piensa que es posible que se haya pasado con Paco. Realmente piensa que lo que le pasaba es que venía ya bastante enfadado del trabajo, con la faena que había hecho su compañero de trabajo al perder a un importante cliente con su mala gestión. Sigue pensando que quizás debería ir a ver a Paco a su habitación y pedirle disculpas por su reacción tan exagerada. Va a su habitación, le pasa la mano por la cabeza y le dice: 

"Oye Paco, creo que me he pasado, no debería haberte hablado tan duramente, no estuvo bien. Lo siento, no volverá a ocurrir, es que venía alterado de la oficina."

Puede ocurrirnos también, como en el caso del padre de Paco, que nos arrepintamos de una mala contestación a nuestros hijos en momentos de elevada tensión, y hayamos hecho propósito de enmienda para las siguientes ocasiones.

Es habitual que nos ocurra que, llegada la situación y el momento que requiere el cambio que habíamos pensado hacer, no sepamos reaccionar a tiempo y nos quedemos con la palabra en la boca, o se nos pase de largo el momento de hacerlo, que no nos demos cuenta de que es en ese momento cuando hay que hacer el cambio, o que se nos olvide por completo y nos demos cuenta después.

Lo cierto es que, a medida que vamos repitiendo y haciendo intentos, la distancia entre lo que pensamos y lo que hacemos se va acortando hasta llegar a conseguir el objetivo deseado y conseguir hacer el cambio en el momento justo. Es a partir de aquí, cuando el cambio se irá percibiendo como tal y antes o después comprobaremos como el entorno irá cambiando también.

En muchas ocasiones, el cambio de nuestro entorno suele suceder de manera consecuente y cercana al momento en el que nosotros realizamos un cambio en nuestra conducta. Si no se percibe de manera inmediata, hay que tener paciencia, pues los resultados pueden llegar cuando nuestra modificación se haya consolidado. Una sola vez no es suficiente para que el entorno perciba claramente que se trata de un cambio y no fruto de la casualidad o de un momento puntual.

Por ejemplo, en el caso del padre de Paco, éste se dio cuenta una vez hubo enviado a Paco a su habitación y pensó que se había pasado en sus comentarios. La próxima vez, quizás este momento de “darse cuenta” ocurra mientras está echándole la bronca y, la próxima, ocurra cuando esté comenzando a echársela, y la siguiente ocurra antes de echársela. De esta forma, el tiempo se va acortando y llegará el momento en el que el padre de Paco se dará cuenta de que está en modo “estresado” y es posible que su reacción ante cualquier eventualidad no deseada pueda alterarle hasta el punto de decir cosas que realmente no siente (tal y como le ocurrió el día que Paco derramó la leche). Una vez que esto ocurra con la debida anticipación el padre de Paco estará en disposición de actuar de la forma en la que se imaginó sería la adecuada y consecuente con la situación ocurrida.



Si somos capaces de realizar este proceso en primera persona, no sólo seremos mucho más sensibles a comprender el esfuerzo que un cambio conlleva sino que, además, nos abriríamos a un cambio de actitud y perspectiva que se filtra como un magnífico ejemplo de superación ante nuestros hijos. Si podemos ser autores de nuestros propios cambios, podemos asimismo acompañar a nuestros hijos desde una nueva y más reflexiva posición, en los cambios que deban ir realizando a lo largo de su crecimiento y desarrollo.

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Artículo preparado por Kreadis con información de:

- R. Brooks y S. Goldstein - Cómo fortalecer el carácter de los niños