jueves, 28 de enero de 2016

El alumno “brillante”: Identificar y nutrir talentos

Aunque se habla cada vez con más frecuencia de conceder importancia al proceso de aprendizaje más allá de los resultados, siguen siendo estos últimos los que organizan intervenciones y proyectos específicos que se desarrollan en el aula.


De alguna manera se ha supeditado la identificación de aquellos niños especialmente talentosos o con aptitudes que superan la media de sus compañeros, a los resultados obtenidos en términos de calificaciones altas –y constantes- en las materias troncales (como matemáticas, lengua, sociales y naturales). Muchos de estos niños, además, transitan un tanto más en solitario por su proceso de aprendizaje, dado que se suele considerar que “no necesitan ayuda” o al menos “no tanta”, en comparación a otros estudiantes cuyos resultados son más bajos o inestables.


Sin duda esto plantea una reflexión al quehacer diario con respecto a cómo identificamos a los niños con capacidades por encima de la media*, y cómo nutrimos y fomentamos dichas capacidades. Asimismo exige que nos cuestionemos acerca de los criterios personales, profesionales y sociales de los que nos valemos para señalar que un niño es especialmente brillante o talentoso, así como del concepto que guía nuestra identificación y actuación con respecto a estos niños.

Revisando el concepto de “alumno brillante”

Uno de los problemas que traen consigo las definiciones que manejamos actualmente, tiene que ver con dónde dejan a aquellos estudiantes con aptitudes sobresalientes que fallan aun así el punto de corte establecido para superar un examen. Vemos a menudo a niños –y adolescentes- con una capacidad de reflexión asombrosa, gran carácter ético y moral, habilidades singulares para la investigación y la ciencia, capacidades artísticas notables… y aun así, con un desempeño mediocre en los exámenes.

Las notas excluyen una serie de variables que pueden afectar el desempeño de un niño, dejando de lado las diversas capacidades que este puede tener y que no siempre son susceptibles de medición. Las calificaciones, aunque siguen siendo un indicador del aprendizaje al que cuesta mucho renunciar, fallan como reflejo fiel de las capacidades del niño y de la calidad del proceso de aprendizaje por el que se ha transcurrido. Por ejemplo, es común el caso de niños para los cuales las evaluaciones representan un estresor que los bloquea y dificulta el recordar el material aprendido. Por otro lado, en la mayoría de los casos, el bajo rendimiento en los exámenes y resultados tiene que ver con conflictos emocionales e inhibiciones que impiden el despliegue del saber. 

Más allá de las notas y resultados en exámenes, ¿Qué podría guiar la identificación de aptitudes sobresalientes en los niños?. Sin duda, el detectar esas pequeñas habilidades que el niño consigue hacer brillar y que no están directamente evaluadas en los exámenes regulares. ¿A qué nos referimos? A ejemplos como los que apuntábamos en el párrafo anterior: dotes teatrales y artísticas, la curiosidad que el niño pueda mostrar frente a la experimentación, el interés por la escritura y/o la lectura, el manejo del humor y de códigos éticos… Algunos ejes de guía adicionales serían asimismo: 

-Capacidades científicas que se reflejan en su entusiasmo por experimentar (menos escuchar y más hacer).
-Creación de proyectos (científicos, artísticos, relacionados con el contenido curricular impartido…).
-Talento artístico y/o musical.
-Alta capacidad para la escritura que se refleja en un interés por el periodismo, la ficción, la poesía, la escritura de guiones…
-Capacidades de liderazgo y respuestas flexibles ante situaciones de presión.
-Habilidades para hablar en público o expresar opiniones.
-Curiosidad que le motiva a ampliar los conocimientos e información que recibe.
-Capacidad para buscar soluciones alternativas y novedosas ante problemas.
-Sentido ético y moral que traduce en acciones en su día a día.

El compromiso se centraría entonces en ampliar el concepto de “alumno/niño brillante” de forma que incluya habilidades y grupo de talentos hasta ahora desterrados del foco normativo que marcan las altas calificaciones. Necesitamos con ello, trabajar de forma más intensa en los métodos empleados en las aulas para identificar y ejercitar las capacidades que no son fáciles de medir, lo cual comienza por sensibilizarnos ante la consideración de dichos grupos de talentos menos normativos –¡aunque muchas veces atenten incluso con “la paz” en el aula!-.
Los roles de la familia y el centro educativo: Coordinados por el talento
Hemos enfatizado siempre la coordinación dinámica entre familia y centro educativo, lo cual resulta vital para el manejo de este tema. Es de gran riqueza que los educadores compartan entre sí sus percepciones acerca de las habilidades y capacidades que resaltan en un estudiante, de manera que puedan combinar dichas impresiones y tener una imagen más amplia del alumno y sus talentos que, además, puedan reflejarle a este y a sus padres.
Desde luego el papel de los padres es esencial en este punto: la mayoría son capaces de detectar aquellos talentos excepcionales en sus hijos que pueden pasar desapercibidos en el contexto escolar. También aquellas áreas en donde su hijo muestra mayor interés, ilusión, motivación. Con ello es necesario que dichas percepciones que empapan el contexto familiar, trasciendan al escolar a través de la coordinación con el tutor y educador.
Algunos niños “se las ven negras” al momento de responder a un examen, sin embargo, se desenvuelven de forma impresionante y con gran fluidez al explicar o dirigirse a un grupo. El educador puede apoyar el talento de este niño –a la vez que su proceso de aprendizaje- al preguntarle si se anima a explicar un concepto determinado a un par de compañeros a los que no les haya quedado claro el mismo. Las habilidades teatrales y musicales se pueden incluir en trabajos y proyectos, que además se enriquecen con la perspectiva de equipo. Enfatizar y fomentar el sentido moral y ético de un niño que muestra claras inclinaciones hacia las reflexiones sociales, es no solo un deber con el alumno, sino un deber como parte de la formación integral de individuos sanos socialmente.
Muchas veces el hecho de que los mayores nos ocupemos de las “debilidades” del niño –y se las señalemos sistemáticamente- le hace olvidar sus fortalezas. Un compromiso de gran valor que hemos de adquirir los padres y educadores a este respecto, consistiría en replantearnos las definiciones según las que nos manejamos y alimentar las fortalezas (no sólo atender a las zonas de alarma), que a su vez dotan de herramientas al niño para afrontar con otro semblante los retos presentes y futuros.
Y, de nuevo… La importancia de un modelo inclusivo
Comentábamos en un artículo anterior acerca del aprendizaje personalizado que este se basa en un tipo de experiencia que busca resultados de aprendizaje que son, sobre todo, personales. Este busca integrar las diferencias (quienes aprenden más o menos rápido, métodos distintos de aprendizaje entre estudiantes, habilidades, características de personalidad e intereses distintos…), haciendo la experiencia educativa más inclusiva.
En muchas ocasiones, lo que nos paraliza a educadores y padres en la tarea de fomentar las habilidades menos comunes (habilidades "blandas" o menos valoradas en el sistema educativo actual), tiene que ver con el seguimiento de la norma establecida: la importancia que damos a las notas, a materias troncales, a las comparaciones entre niños... a la vez que intentamos equilibrarlo con clases extraescolares que proporcionen un apoyo a esashabilidades del niño que no se contemplan en la rutina escolar diaria. 
En gran medida el interés que ha motivado la reflexión que hacemos en este artículo, tiene que ver precisamente con pensar acerca del papel y manejo de este marco normativo al que delegamos tan importante labor, como lo es la formación de individuos sanos intelectual, emocional y socialmente. En la actualidad, dicho marco parece estar penalizando de una forma u otra tanto a aquellos estudiantes que no superan el punto de corte en los exámenes, como a aquellos que mantienen un alto estándar y rendimiento o se destacan en habilidades no normativas, aplanando precisamente esas habilidades y características personales que pueden ser el factor que les asegure el éxito en un futuro.
Lo anterior no implica desechar u oponerse irreflexivamente al modelo actual, sino no convertirnos –paradójicamente- en objeto de este, estrechando con ello las posibilidades que tienen los niños en defensa de un modelo que no está siendo lo suficientemente responsivo ante el mundo cambiante.
Quizá el punto más importante de esta reflexión, se trate precisamente de animarnos a movernos un poco más allá de dicho marco normativo para dar una respuesta que ayude a aquellos estudiantes que destacan en aptitudes que no se evalúan, y cuyos talentos precisamente los aleja de la norma, a cultivar dichas habilidades en la mayor medida que podamos ofrecerles y que merecen.

*No abordamos de manera específica en el presente artículo los casos de altas capacidades intelectuales ("superdotación" intelectual), los cuales requieren consideraciones adicionales que no incluimos en la presente reflexión.

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